Me llegan gentes. Me adentran hondo. Las veo y siento que están viviendo en territorios oníricos: paisajes violetas de acuosa resonancia, de frío dulce en la cara y arriba, el sol.
Veo sus pies moverse -delicados pájaros brillantes-, elegantes como en una danza o en un ring, ¡furiosas aves saltarinas!, o quizá más bien son una foto todo color de sus almas viajeras, niñaeternas almas llenas de discos, y asfaltos crackeados por plantas.
A mi, al menos, solitaria observadora reportándose desde alguna noche sin dormir y sin reír, me reconfortan. Despojada ya de todo malverso, de cualquier deseo ruinoso...me calman.
De verdad percibo los sueños como fotos en sus ojos llenos de remos y ríos cruzados. Ojos con candados rotos, sin llaves ni guardias, para el mundo.
Y sonrío. Desde mi jaula hecha nido, construida con ramitas de miedo y olvido (malvivido...malherido...) sonrío.
Me hacen, y lo digo, menos muralla y más salto.
Más deseo en mi piel de llanto.
Más luna llena en mi danza y canto.
Menos pregunta estéril y más relato,
más cuento para niños que no arden contra la gente.
Más cuento para ellos, que no temen a la muerte.
domingo, 21 de junio de 2015
martes, 26 de mayo de 2015
Jazz
Ahí estás
Quién diría
jugo de naranja y humo
volutas de color subiendo por la habitación.
Escuchás ese disco y pensás
quehaceres, horarios, rutinas
el niño haciéndose adulto
pero meciéndose, bailando.
"Sí, estoy bailando", decís
es mentira que no te gusta
esta sensación de noche
tarea cumplida
final del día.
La dulce relajación del calor
tu casa
tu mesa donde escribís
comés, leés
Donde alguna vez hiciste el amor.
Tal vez con este mismo disco.
Sonreís. Hay noches y noches.
Esta tiene el gusto del cansancio dulce
la satisfacción del movimiento
de la actividad.
Pensabas, sí
en lo que se quiere
en las obligaciones
los deseos, las tinieblas...
Pero ahora estás bailando
tu cabeza empezó a marcarle el ritmo al pie
despacio, sin apuros
hoy no hay corridas
no ahora; no hay mañana más
que el humo
y el jugo de naranja.
No, no es licor ni whisky
es jugo. Nada de eso,
no hay necesidad de estereotipos
de noche y de jazz.
Encendés, sin embargo, otro cigarrillo.
Hay algo en vos que aún se resiste a tanta vida
brotando repentinamente.
Los dolores, la lucha, el miedo.
Quizá todo eso, quizá algo más.
"No importa", decís
de verdad no te vas a boicotear
por una vez que bailás
que soltás esa piel
ese aroma a verdad...
Y estás bailando.
Súbitamente bajaste las luces
despacito. El jugo
el vaso, la noche
giran. Delicia.
Las luces que se ven desde la ventana
hacen reverencias cansinas
al hombre que las baila.
Ellas también dicen
"Por una vez
que suelta esa piel..."
y sonríen.
Quién diría
jugo de naranja y humo
volutas de color subiendo por la habitación.
Escuchás ese disco y pensás
quehaceres, horarios, rutinas
el niño haciéndose adulto
pero meciéndose, bailando.
"Sí, estoy bailando", decís
es mentira que no te gusta
esta sensación de noche
tarea cumplida
final del día.
La dulce relajación del calor
tu casa
tu mesa donde escribís
comés, leés
Donde alguna vez hiciste el amor.
Tal vez con este mismo disco.
Sonreís. Hay noches y noches.
Esta tiene el gusto del cansancio dulce
la satisfacción del movimiento
de la actividad.
Pensabas, sí
en lo que se quiere
en las obligaciones
los deseos, las tinieblas...
Pero ahora estás bailando
tu cabeza empezó a marcarle el ritmo al pie
despacio, sin apuros
hoy no hay corridas
no ahora; no hay mañana más
que el humo
y el jugo de naranja.
No, no es licor ni whisky
es jugo. Nada de eso,
no hay necesidad de estereotipos
de noche y de jazz.
Encendés, sin embargo, otro cigarrillo.
Hay algo en vos que aún se resiste a tanta vida
brotando repentinamente.
Los dolores, la lucha, el miedo.
Quizá todo eso, quizá algo más.
"No importa", decís
de verdad no te vas a boicotear
por una vez que bailás
que soltás esa piel
ese aroma a verdad...
Y estás bailando.
Súbitamente bajaste las luces
despacito. El jugo
el vaso, la noche
giran. Delicia.
Las luces que se ven desde la ventana
hacen reverencias cansinas
al hombre que las baila.
Ellas también dicen
"Por una vez
que suelta esa piel..."
y sonríen.
A veces vuelve.
Cuando son las cuatro de la mañana y te diste cuenta que necesitabas descansar y el finde largo
se te fue de las manos sin siquiera darte tiempo a reaccionar.
Cuando estabas demasiado embotada pensando en hacer o en distender o en dejar de pensar.
Cuando estabas mandando a la mierda a toda esa gente que te hizo mal
y recordando a los que te sacaron una sonrisa, por más mínima, regalándote algo de paz.
A veces vuelve.
Siempre tenés miedo pero estás intentando cada vez con más firmeza no dejarte desanimar
Pensando que la única manera de sobrevivir a este caos de sentidos es crear uno
en el cual depositar la fe.
Siempre creés ver que en el fondo del lago algo se está retorciendo
y que la calma de la superficie en cualquier momento se va a quebrar.
No importa, decís
No importa.
"Lo que viste fueron jirones en el aire, ya pasó", te cantás.
Esa inmensidad oscura que parece comerte por dentro no es real
no está allí. Nadie puede decirte que estás mal, que hay un error
con vos, con tu piel, con lo que sentís.
Nadie puede empuñarte la culpa, agitarla en tu cuerpo
hacerte sentir el frío de su filo en los labios.
No importa, repetís.
Las leves puntadas en el estómago
no querer dormir sola y mirar hacia los costados, alarmada.
No, claro que no.
Las preguntas en tus ojos mirando los ojos que amás
cuestionándote hasta el hartazgo toda la literatura que te quemó los sesos
los mandatos, los deberes, lo que creías, lo que entendiste.
Todas esas palabras que te pintaron ciudades de colores brillantes
y complejas abstracciones sobre el vivir
todo lo que no te deja conocer el verdadero gusto de la realidad.
todo lo que te hace preguntarte dos veces si "eso" es realmente lo que "es".
A veces vuelve.
Mirás hacia atrás casualmente, casi por error
moviendo las páginas de vos misma
te preguntás si estuvo bien. Te preguntás si es justo preguntarte eso.
Te enojás, volviste ahí. Volvió.
La puta madre.
Ese bicho horrendo que te chupa la sangre está tocando timbre.
Dice saber que querés que entre.
¿Qué carajo puede saber ese asesino? ¿Ese coso que ni boca tiene,
que no puede cantar, ni escribir, ni bailar?
¿Eso que se queda en los lugares oscuros y sucios
diciéndote que te pertenecen, que son tu hogar?
No, no. Ni en pedo, ni loca.
Eso de nuevo, no.
Armás un pucho, lo prendés, reflexionás.
¿Qué hacer? Sigue ahí..
Lo sentís respirándote en la nuca, babeándote el pelo.
Punto para vos: ya no te da miedo. Si, a cambio, un asco tremendo.
Escuchás el ascensor subir y bajar. Qué bueno sería que alguien lo vea
y sea otro el que tenga que lidiar con...eso.
Pero no, es algo tuyo, lo sabés. Pitás profundo.
No podés quedarte adentro para siempre. Tapar la cerradura para no ver su ojo
viéndote. No, es absurdo que lo dejes ganar así.
Vos sabés que no tiene sentido que te diga lo que te dice,
lo escuchás reírse y sabés que ni siquiera tiene boca, que no puede.
No, basta. Dejáte de joder con estas cosas.
No tenés idea de lo que significa vivir pero esto no puede catalogarse
como vida. Ni siquiera podés afirmar que el coso ese está, efectivamente, vivo.
Solo te mira y se ríe, se ríe por todo aquello que te duele y te averguenza
se ríe porque sabe que para echarlo tenés que enfrentarlo
y te cuesta.
----
El estómago lleno, doloroso, hinchado. Pero no fue gula, no fue alcohol.
Te acordás de la vuelta que fuiste al hospital y conociste a esa doctora que todavía creés
que la envió alguna entidad superior para despabilarte.
-Me duele la panza, doctora, es un dolor raro y ahora también lo siento en la parte baja de la espalda.
No me deja comer absolutamente nada, la verdad que no sé...
(La doctora interrumpe con preguntas que a la narradora le resultan extrañas. En medio del cuestionario, sobreviene una cuestión clave)
-¿Qué estudiás?
-Comunicación
-Ah, justo lo que te está faltando...(las palabras se pierden en la caída libre emocional de la paciente. Baja -momentáneamente- telón)
Te dejó pedaleando en el aire durante días, semanas.
Todavía te duele la panza y más de una vez te preguntás si vas a terminar conviviendo con esa sensación por el resto de tu vida. Siempre muy extrema, y siempre sin retractarte.
Te estuviste observando, entonces.
Para algunas cosas son bastante constante.
Estuviste sintiendo y viendo, en doble papel de actriz y espectadora, todas las veces que estos últimos días te tragaste palabras que tenían que salir.
Mierda que fueron muchas. Y algunas tan al pedo...
Con gente que querés, que conocés. Con gente que no tiene idea de quién sos y te falta el respeto porque cree que puede. Con otros que tampoco saben quién sos y hubieses querido abrirte, que lo sepan. Con gente que querías que te escuche y se distrajo mirando una mosca. Con gente que te puso en un lugar en donde no querías estar. Con gente que jamás te pidió nada aunque te dió demasiado.
Con gente que te mira y sólo con eso te está diciendo cosas que tenés ganas de prender fuego, de destrozar (sería distinto si las palabras se pudieran romper así, como tazas que se caen o cortinas que se desgarran)
Algunas veces lograste decir (el coso atrás de la puerta lanza una carcajada) lo que querías.
Otras, sólo pudiste esbozar un estornudo de sentimientos.
Tenés la garganta cada vez más rota y te cuesta respirar, es como si adentro tuyo hubiese demasiadas cosas que te están quitando espacio.
Escuchás tu voz volverse cada vez más quebradiza. Lo escuchás cuando hablás demasiado y clavás 200 palabras por segundo y no te están dando bola. Lo escuchás cuando quisieras haber metido bocado y te quedaste con el nudo en la garganta volviéndose yunque. Lo sentís cuando dijiste tanto y te respondieron tan...otra cosa.
La cosa detrás de la puerta también prende un cigarillo.
Escuchás el ruido del encendedor. Te preguntás si lo fumará con el ojo
o con qué carajo, si la porquería esa no tiene boca. Se vuelve a reír.
Cómo se ríe...hondo, tenebroso, lleno. Se ríe como si no supiera hacer otra cosa.
Ya está, ya fue. Te hierve la sangre de cosas que no podés controlar más.
No vas a explotar, vas a canalizar, pensás.
Ahora vos te reís, mientras cazás la guitarra, la sartén
los zapatos, una silla. La mesa del comedor, la planta que hace unos días te regalaron.
Armada con todo eso y con los roles invertidos, ahora sos vos la respiración que
el monstruo escucha, mirando por atŕas del hombro, con miedo a acostarse solo.
Ahora sos vos el nudo de porquerías en el estómago, las preguntas por el ser y
el no ser y la fe y el amor y lo difuso de la realidad.
Le sacás punta a una pata de la mesa mientras abrís la puerta y, revoleando la sartén
le apagás el pucho en el ojo. El bicho grita de dolor, se retuerce. Te dice que no quería volver, que lo obligaste -encima, te quiere hacer sentir culpable-.
Ves como saltan los chorros de tinta y el coso grita mientras la guitarra hace su labor
partiéndose en la cabeza de "Eso" (si es que se le puede decir cabeza)
Nunca sonó mejor. Te ponés a cantar una de Zitarrosa que habla de la canción.
Es como un exorcismo para el monstruito.
Con los zapatos tenés una misión especial:
Les pedís si te conceden una pieza y luego del gesto afirmativo,
bailás con ellos encima del bicho.
Bailás enloquecida, como cuando te encerrás en la pieza y no hay nadie que te pueda parar.
Escuchás los chillidos y la guitarra todavía vibra partida en el piso del sexto piso.
Ya casi extinto, mirás hacia abajo para ver bien y por última vez a esa patética criatura.
Con el pecho lleno, la panza libre y la garganta abierta, improvisás un par de notas. Le cantás un blues. Uno de despedida.
Y le gritás que la próxima vez que te venga a callar la boca
te vas a sentar a escribir éstas líneas.
Cuando son las cuatro de la mañana y te diste cuenta que necesitabas descansar y el finde largo
se te fue de las manos sin siquiera darte tiempo a reaccionar.
Cuando estabas demasiado embotada pensando en hacer o en distender o en dejar de pensar.
Cuando estabas mandando a la mierda a toda esa gente que te hizo mal
y recordando a los que te sacaron una sonrisa, por más mínima, regalándote algo de paz.
A veces vuelve.
Siempre tenés miedo pero estás intentando cada vez con más firmeza no dejarte desanimar
Pensando que la única manera de sobrevivir a este caos de sentidos es crear uno
en el cual depositar la fe.
Siempre creés ver que en el fondo del lago algo se está retorciendo
y que la calma de la superficie en cualquier momento se va a quebrar.
No importa, decís
No importa.
"Lo que viste fueron jirones en el aire, ya pasó", te cantás.
Esa inmensidad oscura que parece comerte por dentro no es real
no está allí. Nadie puede decirte que estás mal, que hay un error
con vos, con tu piel, con lo que sentís.
Nadie puede empuñarte la culpa, agitarla en tu cuerpo
hacerte sentir el frío de su filo en los labios.
No importa, repetís.
Las leves puntadas en el estómago
no querer dormir sola y mirar hacia los costados, alarmada.
No, claro que no.
Las preguntas en tus ojos mirando los ojos que amás
cuestionándote hasta el hartazgo toda la literatura que te quemó los sesos
los mandatos, los deberes, lo que creías, lo que entendiste.
Todas esas palabras que te pintaron ciudades de colores brillantes
y complejas abstracciones sobre el vivir
todo lo que no te deja conocer el verdadero gusto de la realidad.
todo lo que te hace preguntarte dos veces si "eso" es realmente lo que "es".
A veces vuelve.
Mirás hacia atrás casualmente, casi por error
moviendo las páginas de vos misma
te preguntás si estuvo bien. Te preguntás si es justo preguntarte eso.
Te enojás, volviste ahí. Volvió.
La puta madre.
Ese bicho horrendo que te chupa la sangre está tocando timbre.
Dice saber que querés que entre.
¿Qué carajo puede saber ese asesino? ¿Ese coso que ni boca tiene,
que no puede cantar, ni escribir, ni bailar?
¿Eso que se queda en los lugares oscuros y sucios
diciéndote que te pertenecen, que son tu hogar?
No, no. Ni en pedo, ni loca.
Eso de nuevo, no.
Armás un pucho, lo prendés, reflexionás.
¿Qué hacer? Sigue ahí..
Lo sentís respirándote en la nuca, babeándote el pelo.
Punto para vos: ya no te da miedo. Si, a cambio, un asco tremendo.
Escuchás el ascensor subir y bajar. Qué bueno sería que alguien lo vea
y sea otro el que tenga que lidiar con...eso.
Pero no, es algo tuyo, lo sabés. Pitás profundo.
No podés quedarte adentro para siempre. Tapar la cerradura para no ver su ojo
viéndote. No, es absurdo que lo dejes ganar así.
Vos sabés que no tiene sentido que te diga lo que te dice,
lo escuchás reírse y sabés que ni siquiera tiene boca, que no puede.
No, basta. Dejáte de joder con estas cosas.
No tenés idea de lo que significa vivir pero esto no puede catalogarse
como vida. Ni siquiera podés afirmar que el coso ese está, efectivamente, vivo.
Solo te mira y se ríe, se ríe por todo aquello que te duele y te averguenza
se ríe porque sabe que para echarlo tenés que enfrentarlo
y te cuesta.
----
El estómago lleno, doloroso, hinchado. Pero no fue gula, no fue alcohol.
Te acordás de la vuelta que fuiste al hospital y conociste a esa doctora que todavía creés
que la envió alguna entidad superior para despabilarte.
-Me duele la panza, doctora, es un dolor raro y ahora también lo siento en la parte baja de la espalda.
No me deja comer absolutamente nada, la verdad que no sé...
(La doctora interrumpe con preguntas que a la narradora le resultan extrañas. En medio del cuestionario, sobreviene una cuestión clave)
-¿Qué estudiás?
-Comunicación
-Ah, justo lo que te está faltando...(las palabras se pierden en la caída libre emocional de la paciente. Baja -momentáneamente- telón)
Te dejó pedaleando en el aire durante días, semanas.
Todavía te duele la panza y más de una vez te preguntás si vas a terminar conviviendo con esa sensación por el resto de tu vida. Siempre muy extrema, y siempre sin retractarte.
Te estuviste observando, entonces.
Para algunas cosas son bastante constante.
Estuviste sintiendo y viendo, en doble papel de actriz y espectadora, todas las veces que estos últimos días te tragaste palabras que tenían que salir.
Mierda que fueron muchas. Y algunas tan al pedo...
Con gente que querés, que conocés. Con gente que no tiene idea de quién sos y te falta el respeto porque cree que puede. Con otros que tampoco saben quién sos y hubieses querido abrirte, que lo sepan. Con gente que querías que te escuche y se distrajo mirando una mosca. Con gente que te puso en un lugar en donde no querías estar. Con gente que jamás te pidió nada aunque te dió demasiado.
Con gente que te mira y sólo con eso te está diciendo cosas que tenés ganas de prender fuego, de destrozar (sería distinto si las palabras se pudieran romper así, como tazas que se caen o cortinas que se desgarran)
Algunas veces lograste decir (el coso atrás de la puerta lanza una carcajada) lo que querías.
Otras, sólo pudiste esbozar un estornudo de sentimientos.
Tenés la garganta cada vez más rota y te cuesta respirar, es como si adentro tuyo hubiese demasiadas cosas que te están quitando espacio.
Escuchás tu voz volverse cada vez más quebradiza. Lo escuchás cuando hablás demasiado y clavás 200 palabras por segundo y no te están dando bola. Lo escuchás cuando quisieras haber metido bocado y te quedaste con el nudo en la garganta volviéndose yunque. Lo sentís cuando dijiste tanto y te respondieron tan...otra cosa.
La cosa detrás de la puerta también prende un cigarillo.
Escuchás el ruido del encendedor. Te preguntás si lo fumará con el ojo
o con qué carajo, si la porquería esa no tiene boca. Se vuelve a reír.
Cómo se ríe...hondo, tenebroso, lleno. Se ríe como si no supiera hacer otra cosa.
Ya está, ya fue. Te hierve la sangre de cosas que no podés controlar más.
No vas a explotar, vas a canalizar, pensás.
Ahora vos te reís, mientras cazás la guitarra, la sartén
los zapatos, una silla. La mesa del comedor, la planta que hace unos días te regalaron.
Armada con todo eso y con los roles invertidos, ahora sos vos la respiración que
el monstruo escucha, mirando por atŕas del hombro, con miedo a acostarse solo.
Ahora sos vos el nudo de porquerías en el estómago, las preguntas por el ser y
el no ser y la fe y el amor y lo difuso de la realidad.
Le sacás punta a una pata de la mesa mientras abrís la puerta y, revoleando la sartén
le apagás el pucho en el ojo. El bicho grita de dolor, se retuerce. Te dice que no quería volver, que lo obligaste -encima, te quiere hacer sentir culpable-.
Ves como saltan los chorros de tinta y el coso grita mientras la guitarra hace su labor
partiéndose en la cabeza de "Eso" (si es que se le puede decir cabeza)
Nunca sonó mejor. Te ponés a cantar una de Zitarrosa que habla de la canción.
Es como un exorcismo para el monstruito.
Con los zapatos tenés una misión especial:
Les pedís si te conceden una pieza y luego del gesto afirmativo,
bailás con ellos encima del bicho.
Bailás enloquecida, como cuando te encerrás en la pieza y no hay nadie que te pueda parar.
Escuchás los chillidos y la guitarra todavía vibra partida en el piso del sexto piso.
Ya casi extinto, mirás hacia abajo para ver bien y por última vez a esa patética criatura.
Con el pecho lleno, la panza libre y la garganta abierta, improvisás un par de notas. Le cantás un blues. Uno de despedida.
Y le gritás que la próxima vez que te venga a callar la boca
te vas a sentar a escribir éstas líneas.
domingo, 26 de enero de 2014
Ser
Insomne.
Se sienta frente a la pantalla dispuesta a escribir los mamarrachos más impensados.
Se sabe batallada y perdida, embarrada hasta la médula, vencida por un montón de espejitos de colores con marcos de encaje y otras porquerías lujuriosas. Pero algo dentro de ella la llena con el coraje de las mariposas, que son más larvas que otra cosa.
Sí, es romántica, no puede evitarlo...Hoy tuvo un atracón de películas sosas.
(Y cede muy fácilmente a las rimas)
Prende un pucho.
Un industrial esta vez, nada de tabaco armado. Porque el tabaco armado le es dulce, placentero, y este cigarrillo es simbólicamente (y realmente) para matarse. Un asesinato lento, un suicido de sensuales volutas de humo, de inventadas intelectualidades alimentadas por el cine viejo en donde fumar es sofisticado y glamoroso.
¿Con qué nos va a mentir hoy?¿Será un brillante poema de amor?¿Una historia de un lugar sin tiempo?¿Se arriesgará y hablará de algún perdido personaje histórico, demostrando que ha trabajado en pos de este escrito, que le ha puesto tiempo, producción y coraje?
No.
Está insomne.
Y es una insomne estúpida.
Con varias deudas consigo misma, con muchísimas imágenes ficticias que ha olvidado poner en papel y actuó buscando hacerlas verdaderas.
Siempre supo que si pudiese expresar en palabras aquello que inventa cada día en la novela tragicómica de su vida, tendría miles de libros amados por los criticones que tanto odia y que bobamente envidia. Sabe que es tonto celar esa clase de vidas, pero proviene de su parte más mediocre, que es como un 86% de ella misma.
Piensa ahora en lo que representa ser mujer. Siempre que sufre, se enmarca en su género, se siente un poco menos sola y transcribe su sufrimiento al de millones de mujeres. Porque sufrir es ser mujer, pareciera. Con la frente en alto y las lágrimas arruinando su rimmel. Con un hermosa boquita pintada de rojo que clama a Dios por libertad y estabilidad mental. Y por supuesto, por los brazos de algún hombre que le brinde todo eso y aquello que aún no se le ocurre. O por alguna otra mujer, etérea y celestial, que la vuelva menos vulgar. Porque otra es claramente la salvación a su indecente corazón.
De pronto, se topa con su nudo. Su historia perfecta, el drama complejo y pasional que hará de su vida un sitio en donde muchas cosas excitantes suceden. Un sitio, leyó bien. Podría ser un departamento, cargado de sensaciones y de muebles exóticos. Con gente hermosa acariciándose -repentinamente- por doquier. Con música de Frank Sinatra sonando de fondo y algunos vasos de cristal llenos de coñac. Con un cuadro de Klimt, porque le encantan los colores. Y una chimenea encendida, para que todo sea aún más patético.
Esa increíble historia que merece ser contada tiene por tema sufrir.
Sufrir...por nada. O por todo. Por nadie. Sufrir por sufrir, para significar la existencia. Sufrir para hacerlo todo un poco más intrigante. Para que alguien se acerque un día, con ojos curiosos y le pregunte: "¿Por qué sufrís?". Y ella, muy suelta de cuerpo, responda con los ojos clavados en el piso: "Ah, si supieras..."
Y allí comience la frenética carrera por hacerse desear, porque le saquen las palabras a gritos, a golpes o a besos. Para que esa otredad que la mira confundida necesite desesperadamente saber qué esconde, qué no dice, qué estruja dentro de su cuerpo y no deja que nadie conozca. Sus secretos, los más profundos, los que la hacen un mar, una tsunami a punto de llevarse todo por delante.
Ah...si de verdad supieras, querida otredad, que es solo un charco. Un charco símil-mar, encargado por teléfono y en oferta. Tu verdadera pregunta sería algo como "¿Por qué no empeñar todo este tiempo en construir algo que valga la pena, y no solo la absurda antesala al departamento de la Nada?" Acto seguido, uno podría visualizar una bofetada, o quizá una catarata de insultos irreproducibles. Quizá la otredad rompería entonces los exóticos muebles y echaría a patadas a la pareja atractiva que franeleaba en el balcón.
Tal vez apagaría el disco de Sinatra o lo prendería fuego. O mejor aún: lo rayaría tirándole todo el coñac que quedaba en los vasos -los vasos incluídos-.
De pronto, es una insomne que toma mate cocido y come pochoclos que sobraron de la película de ayer. Sentada en calzón con ensoñada expresión (no olviden las rimas), como si buscara algo allí, cerca de la colección completa de Borges o del Código Penal; quizá un poco a la izquierda de los tres tomos de la Enciclopedia Práctica Primaria. Tal vez en las hojas del Leviatán. O simplemente en cualquiera de todos esos libros que seguramente jamás lea, pero que siempre queda bien citar.
Probablemente busque algo que espese esta emocionante historia, este best-seller de tapas duras e ilustraciones innovadoras que será la clave de su éxito.
Pero sabe, muy en el fondo, que solo es una insomne.
Toma un sorbo del segundo mate cocido, prende un nuevo cigarrillo y se ríe.
Por lo menos tiene a favor la capacidad de reírse de sí misma.
Se sienta frente a la pantalla dispuesta a escribir los mamarrachos más impensados.
Se sabe batallada y perdida, embarrada hasta la médula, vencida por un montón de espejitos de colores con marcos de encaje y otras porquerías lujuriosas. Pero algo dentro de ella la llena con el coraje de las mariposas, que son más larvas que otra cosa.
Sí, es romántica, no puede evitarlo...Hoy tuvo un atracón de películas sosas.
(Y cede muy fácilmente a las rimas)
Prende un pucho.
Un industrial esta vez, nada de tabaco armado. Porque el tabaco armado le es dulce, placentero, y este cigarrillo es simbólicamente (y realmente) para matarse. Un asesinato lento, un suicido de sensuales volutas de humo, de inventadas intelectualidades alimentadas por el cine viejo en donde fumar es sofisticado y glamoroso.
¿Con qué nos va a mentir hoy?¿Será un brillante poema de amor?¿Una historia de un lugar sin tiempo?¿Se arriesgará y hablará de algún perdido personaje histórico, demostrando que ha trabajado en pos de este escrito, que le ha puesto tiempo, producción y coraje?
No.
Está insomne.
Y es una insomne estúpida.
Con varias deudas consigo misma, con muchísimas imágenes ficticias que ha olvidado poner en papel y actuó buscando hacerlas verdaderas.
Siempre supo que si pudiese expresar en palabras aquello que inventa cada día en la novela tragicómica de su vida, tendría miles de libros amados por los criticones que tanto odia y que bobamente envidia. Sabe que es tonto celar esa clase de vidas, pero proviene de su parte más mediocre, que es como un 86% de ella misma.
Piensa ahora en lo que representa ser mujer. Siempre que sufre, se enmarca en su género, se siente un poco menos sola y transcribe su sufrimiento al de millones de mujeres. Porque sufrir es ser mujer, pareciera. Con la frente en alto y las lágrimas arruinando su rimmel. Con un hermosa boquita pintada de rojo que clama a Dios por libertad y estabilidad mental. Y por supuesto, por los brazos de algún hombre que le brinde todo eso y aquello que aún no se le ocurre. O por alguna otra mujer, etérea y celestial, que la vuelva menos vulgar. Porque otra es claramente la salvación a su indecente corazón.
De pronto, se topa con su nudo. Su historia perfecta, el drama complejo y pasional que hará de su vida un sitio en donde muchas cosas excitantes suceden. Un sitio, leyó bien. Podría ser un departamento, cargado de sensaciones y de muebles exóticos. Con gente hermosa acariciándose -repentinamente- por doquier. Con música de Frank Sinatra sonando de fondo y algunos vasos de cristal llenos de coñac. Con un cuadro de Klimt, porque le encantan los colores. Y una chimenea encendida, para que todo sea aún más patético.
Esa increíble historia que merece ser contada tiene por tema sufrir.
Sufrir...por nada. O por todo. Por nadie. Sufrir por sufrir, para significar la existencia. Sufrir para hacerlo todo un poco más intrigante. Para que alguien se acerque un día, con ojos curiosos y le pregunte: "¿Por qué sufrís?". Y ella, muy suelta de cuerpo, responda con los ojos clavados en el piso: "Ah, si supieras..."
Y allí comience la frenética carrera por hacerse desear, porque le saquen las palabras a gritos, a golpes o a besos. Para que esa otredad que la mira confundida necesite desesperadamente saber qué esconde, qué no dice, qué estruja dentro de su cuerpo y no deja que nadie conozca. Sus secretos, los más profundos, los que la hacen un mar, una tsunami a punto de llevarse todo por delante.
Ah...si de verdad supieras, querida otredad, que es solo un charco. Un charco símil-mar, encargado por teléfono y en oferta. Tu verdadera pregunta sería algo como "¿Por qué no empeñar todo este tiempo en construir algo que valga la pena, y no solo la absurda antesala al departamento de la Nada?" Acto seguido, uno podría visualizar una bofetada, o quizá una catarata de insultos irreproducibles. Quizá la otredad rompería entonces los exóticos muebles y echaría a patadas a la pareja atractiva que franeleaba en el balcón.
Tal vez apagaría el disco de Sinatra o lo prendería fuego. O mejor aún: lo rayaría tirándole todo el coñac que quedaba en los vasos -los vasos incluídos-.
De pronto, es una insomne que toma mate cocido y come pochoclos que sobraron de la película de ayer. Sentada en calzón con ensoñada expresión (no olviden las rimas), como si buscara algo allí, cerca de la colección completa de Borges o del Código Penal; quizá un poco a la izquierda de los tres tomos de la Enciclopedia Práctica Primaria. Tal vez en las hojas del Leviatán. O simplemente en cualquiera de todos esos libros que seguramente jamás lea, pero que siempre queda bien citar.
Probablemente busque algo que espese esta emocionante historia, este best-seller de tapas duras e ilustraciones innovadoras que será la clave de su éxito.
Pero sabe, muy en el fondo, que solo es una insomne.
Toma un sorbo del segundo mate cocido, prende un nuevo cigarrillo y se ríe.
Por lo menos tiene a favor la capacidad de reírse de sí misma.
sábado, 14 de diciembre de 2013
miércoles, 11 de diciembre de 2013
domingo, 1 de diciembre de 2013
Salada
El cuerpo que baila
se sala
se quiebran los labios
rojos, rotos
se abre la carne
se arde viva.
La espuma del mar
es caricia
ante tanta sal.
Sangra la piel
y se asfixia
se contrae violentamente.
La sal que cura
es la que quema
y hace gritar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)