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miércoles, 19 de julio de 2017




No estoy hablando de pibas que quiero besar. No. Esto no pasa por ahí, ni en pedo.
Ni siquiera hablo de amor, así como solemos hablar del amor cuando tomamos birra y nos preguntamos cosas que no sabemos responder.

A veces solo quisiera ser una charla casual. Una mirada cómplice. O menos:
Un chiste que las haga reír, un encendedor para el pucho, una oleada de perfume al pasar por una esquina.


Ellas son las ligas mayores


Me dan ganas de entrar un ratito en sus universos para mirarlas construir ciudades con barro
Sentadas en un ventanal dibujando mariposas con sus trenzas
Bailando con los ojos cerrados frente al reflector que proyecta medusas

Ellas son las ligas mayores del deseo


Etéreas. Deformes. Húmedas en un néctar antiguo o en salvia o en lluvia.
Todas las imágenes de lo mítico y lo mágico y la sensualidad fértil que las envuelve y las hace monstruosas / infames
Un sueño dentro de un sueño que no comprendo.


Seguro no es tan así.
Siempre no lo es.

Pero qué lindo cuando las sueño
y les transformo los ojos en flechas, y son amazonas pianistas enormes Carcajadas de vino y flores con forma de pezón
Con sus dientes anchos manchados de nicotina
y sus pieles raspadas de caerse de los árboles que les regalo en mis sueños
para que vivan junto a las frutas todo el día

Gatas y lechuzas que desentierran la noche lo suficiente como para volver justo para la gula

Y para tomar el té.

martes, 3 de mayo de 2016

Calle 63

Ahí, estaban, como de otra galaxia. De cuero, un poco sucios, aproximadamente un talle 42. A simple vista impecables, formales, para usar con un traje y hacerse el James Bond. De cerca, se apreciaba que eran de pares diferentes. Casi algo normal: la basura de alguien, una caridad para los descalzos, un olvido o descuido. Pero no, dos pequeños y sanos helechos ocupaban los zapatos a falta de pies. No se les movía ni una hojita frente al concepto de calzado, ellos estaban ahí lo más campantes, indiferentes a nuestra angustiosa necesidad de significados.
¿Serían un regalo? Estaban en una puerta, como esperando a alguien o invitando a entrar; un mensaje en clave para lxs curiosxs insaciables, para lxs "Harriet la espía" del nuevo siglo. 
Una alarma de los dioses para lxs que creen en el más acá. Un suspiro de sonidos y sabores, convocando a las pequeñas artes de la hechicería cotidiana. A la poesía mágica de lxs tristes caminantes con cansancio o espanto o milagro para lxs que el mundo se detiene en un portal con zapatos-maceta. 
Es que, seriamente: ¿Qué otra cosa son unos helechos calzados, sino una convocatoria urgente a soñar?

***

Pedimos una birra en el kiosquito y nos hicimos los intelectuales discutiendo pelotudeces. Nos sentamos en la diagonal a seguir la manijeada. Me hizo enojar tu soberbia, te reíste de mí. Me calenté tanto que pensé en levantarme e irme. No sé en qué momento eso se transformó en algo sexual. Nos besamos casi con violencia, como si fuese una manera de seguir discutiendo y peleándonos por tener razón. Reíste nuevamente, pícaro y con los ojos llenos de diablura. Me calenté aún más, te dije que eras un pelotudo. Lo que me gustaba de vos también me molestaba. Al poco tiempo, sólo quedó la molestia.

***
Un seis de picas uolvidado al lado del cordón. Un sinfín de posibilidades frágiles tiradas en la calle que da a la plazoleta. Algo tuvo que significar, de lo contrario ¿para qué molestarse?
Un seis de picas diciendo algo en lenguaje extranjero. Buscando unas manos extrañadas que lo levantaran del piso y lo cargaran de fábulas y misterios. Un mensajero de los confines, trovador de otras galaxias con poesía de buenas nuevas.
Del otro lado de las manos extrañadas, un cuerpo. Y activando éste, una mente nativa digital con acceso a dios a un click de distancia.

Comprar la yerba. Terminar de silbar la canción. Sacar las llaves del bolsillo. Abrir la puerta. Correr al perro de la silla. Prender el monitor. Teclear “qué significa el seis de picas” en el buscador. Dejar para lo último las respuestas de Yahoo. Abrir páginas de sitios que parecen legítimos: “astrologíaesotérica”; “tuguíainterior”; “elblogdelyosiendo” (ese quizá no tanto). Abrir en nueva pestaña unas 10 veces. Leer todo. Encontrar respuestas contradictorias. Agrupar similitudes. Clasificarlas. Hacer una estadística. Ponderar una respuesta. Darse cuenta que es bastante de mierda. Desconfiar. Sentir con intensidad lo pelotudo de desconfiar sólo porque el resultado es adverso. Responderse que de última todo es bastante pelotudo. Levantarse de la silla. Acariciar al perro al pasar. Poner la pava. Sentarse a esperar. Ponerle yerba al mate. Reflexionar.


Un seis de picas olvidado al cruzar la calle. ¿Nadie más vió la señal? ¿Es que la curiosidad nos esquiva? Un naipe tirado como botella al mar en este día de otoño en la ciudad. Un fósforo prendido entre lo oscuro de los cables de Fibertel. Una flor de verdad oculta entre ramos de plástico. Un secreto desnudo esperando bocas que lo cuenten. Más allá de charlatanes y tecnología. Más acá de la intuición y la contemplación. Desparramado en la calle, para que lo veas. Y para que por un rato, crees, y creas.

viernes, 12 de julio de 2013

I

Colonos sociales sumados sumidos.
Sur redondo, orquestado, oscuro;
opacidad deslumbrante espera a acudir
raudamente entre ellos,
sin nosotros.

II

Ejercicios sonzos simples, sinuosos.
Solo oyes sutiles sonidos. Sabes sumarlos
sin necesitarlos.
Siempre estará allí, inmóvil, lustroso.

III

Habla, ánimo! Oyes solo olas.
Sabés? Soledad, difícil lugar,
rompe especialmente estos sitios.
Supiste encontrar amor, ríos, sol ;
Luna, ayuda, arroz, zamba, anís.
Seguirás siendo orgullo, oh hija amiga;
alas sin norte.

domingo, 2 de junio de 2013

Hay algo gestándose en mí últimamente y no puedo explicarlo. Es una mezcla inmensa y extremadamente pasional entre un pasado que acecha y un futuro que atemoriza. Digo gestar porque no hay otro adjetivo para describir la sensación que pesa en mi vientre. 
Estos días pasados han sido túneles laberínticos de sentimientos extremos. Ambos costados de la moneda me han aterrorizado de igual manera. 
No me hallo en ningún lado. 
No existo en totalidad, en ningún sitio.
Las situaciones se presentan como desencadenadas tomas en una película sin trama.
Ya no reconozco a mi propia mente en funcionamiento. Es un ramal de voces yuxtapuestas que pelean por la tajada suprema: la aceptación por parte de mi bombardeado consciente. La entera predisposición a sus demandas, como una fuerza incontenible tomándome. 
Finalmente, cuando el discurso ganador pasa a la acción, cae la máscara de las persecuciones y me veo nuevamente sola, parada en el charco que se forma en el baño. Estoy mirándome al espejo como se mira a un cartel en otra lengua. 
No puedo desencriptarme. 
A mi alrededor encuentro la danza perfecta entre maravilla y mentira.
Todo parece salido de una extraordinaria novela. Lo espantoso surge cuando descubro que las novelas no son más que hermosas y atroces falacias. 
Intento desesperadamente permanecer en un libro, regir mi vida por las letras que construyo, donde somos uno el juego de la vida y yo; donde puedo deconstruir y transformar lo que veo, convirtiéndolo en un puente. 
Pero las treguas poco duran y el hechizo de la inmunidad se rompe fácilmente.
Caigo desnuda e inválida en un universo donde no encuentro las formas para expresar qué sucede.
Tampoco logro entenderlo, no son siquiera imágenes coherentes.
Paso de una completa burbuja literaria, donde dibujo frases en las paredes
a un lumínico grito estridente
en un mediodía sin calidez;
a una huida inmóvil.
Las señales espirituales se vuelven difusas, me encuentro a oscuras en una habitación llena de magias.
Pero ninguna de ellas promete amaneceres.
Las esperanzas resisten ahogándose en un tanque solitario, en el medio de un campo.

Mi sostén único es esta tristeza
 estas líneas que expulso a duras penas
y las marcas que mi cuerpo verbaliza.
Es el instinto
o la desesperación
o el movimiento mecánico e inútil de un electrodoméstico.

Pero es
allí
aún, donde todo lo demás caduca. 




miércoles, 29 de mayo de 2013

En un pueblo muy ventoso y revuelto, vivía un tipo.
Pero este tipo no era como cualquiera: Si, es cierto, le gustaban muchas cosas "cualquieras". Como los partidos de fútbol, las pastas con salsa y la lluvia. Tenía algo muy peculiar, muy difícil de asimilar: Este tipo disfrutaba mucho matando pajaritos.
Sabía que era atroz y desagradable, pero no podía contener la ola de felicidad que subía por su estómago hasta su cabeza al momento de matar a uno de esos animales. Tampoco es que los mataba de maneras cruentas y sanguinarias, solo con una honda. Como se estila en ciertas infancias un poco perturbadas.
Llegaba a matar hasta 20,30 bichos por día. Recorría sin cansancio las plazas de la ciudad, los parques y ciertas veredas privadas de la mirada crítica de los demás. Nadie sabía de esta extraña conducta, ni siquiera sus más allegados. Por eso, cuando sentía la necesidad irrefrenable de salir a acabar con un par de seres alados, inventaba cualquier excusa para salirse del lugar donde estuviese.
Un tarde de inverno, como de costumbre, salió de cacería.
Caminó durante hora y media hasta llegar al punto que buscaba: Una plazoleta abandonada en las afueras de la ciudad, con una inmensa cantidad de árboles. En uno de sus recorridos vió como ese lugar se llenaba de pájaros específicamente cuando atardecía.
Sigilosamente, se acercó a un banco a unos 50 metros de la arboleda. Se sentó allí a planear su accionar. Punteó un detalle mental de la disposición de las ramas y la cantidad de pajaritos en cada una de ellas. Se fijó especialmente en aquellas donde estuviesen mejor distribuidos en el espacio.
Luego del apunte, no pudo contener relamerse antes de comenzar: A sus ojos, un espectáculo bellísimo estaba por acontecer.
Y así, sin previo aviso y con un ágil manejo de su honda, comenzó a tirarle cantidad de piedras a la rama más cercana, la primera en la lista.
Mató a 3 con la rapidez de un samurai, era un maestro del asesinato. El resto de los pájaros voló frenéticamente hacia otros árboles o directamente fuera de la plaza. Mató a dos más acertándoles en pleno vuelo y ahí, luego de tal prodigiosa destreza, llegó la satisfacción: Sus ojos claros se abrieron tan grande que parecían a punto de caerse de sus respectivos cuencos.
Se paró sobre el banco y comenzó a gritar como un desquiciado: estaba radiante, encendido, su pelo crespo dibujaba llamas en el movimiento de su cuerpo.
No lo notó: 12 pares de ojos se le clavaron en la nuca. Aquella cantidad de energía concentrada no le picó ni un poquito mientras danzaba festejando sus 5 victorias. La avanzada cayó como un puñal: Varios cascotes volaron desde distintas partes de la plaza, como invisibles cañones, en dirección a sus piernas. Era un punto neurálgico: sin eso no podría moverse. Las ráfagas de dolor lo tiraron al piso mientras el desconcierto y el miedo terminaban de apagar su gozo. Las piedras seguían cayendo, rasgando su ropa y lastimándo su piel, mientras intentaba descubrir de donde procedía el ataque. Se multiplicaban las rocas que volaban contra su cuerpo, dejando a su paso oscuros moretones y rajaduras que burbujeaban sangre. Desesperado, intentó refugiarse detrás de un arbusto arrastrándose por el pasto. Cuando empezó a moverse, resistiendo como podía la lluvia de piedrazos, su conciencia se desvaneció como una pitada de tabaco exhalada.
Quedó tirado, desconectado, mientras las piedras caían sin cesar. Cuando los doce pares de ojos vieron que ya no presentaba resistencia se acercaron a el rápidamente y le quitaron la honda: Se la ataron al cuello y jalaron hasta que su tez se volvió morada y coagulosa. El corazón dejó de latir más rápido de lo que creían y la noche terminó de cerrarse sobre las copas de los árboles.
Lo observaron un largo rato preguntándose con miradas cuál sería el destino del cadáver. Ya no les quedaba tiempo para discusiones. Resolvieron dejarlo allí, sin preocuparse por el qué dirán. Al fin y al cabo, ellos nunca se escondían y el sí se alejaba de la mirada de los otros para eliminar a las aves.
Cuando empezó aquél viento nocturno tan común y característico de la zona, los doce pares de ojos tomaron sus formas primeras, batieron las alas y se aventuraron detrás de las casas ajenas al espectáculo.
Sólo quedó de ellos el sonido de sus gargantas y la música que hacen al volar.
Caminaba apurada en dirección al río. Sabía que faltaban sólo un par de callecitas de tierra hasta llegar al puente que conectaba con el pueblo. Hacia años estaba allí, como única vía de conexión entre los campos y la casi inexistente civilización del poblado "Los Tulipanes". Lo cruzaba desde pequeña para ir al colegio y lo cruzó más tarde para alejarse de aquella casa inmensa que la había retenido largos años de su vida. Pero volvió allí, siempre volvía en sueños y pesadillas, para comer tarta de manzanas o para llorar amargamente bajo los nogales que cercaban la estancia. Innumerables pasillos oníricos corría para desaparecer de aquella cárcel con empapelados de flores pasteles. Nunca salía. Cuando abría las pesadas puertas de madera para huir se despertaba en medio de la noche, agitada y bañada en sudor helado, escuchando aún la voz de aquella sombría mansión que la perseguía, como persigue la luna al sol en el tiempo y el espacio.
El río se alzaba como un largo rayón de fibra a través de los campos amarillentos de otoño. El puente allí, madera vieja y carcomida, era una estructura fuerte y antigua que olía a humedad. Se paró en el comienzo para recuperar el aliento y observar el paisaje.
Aquel campo desolado con el río en el medio era el escenario de su vida, y sería también el escenario de una infinitud latente.
Caminó con pasos entrecortados hasta llegar al medio y clavó los ojos en el río que parecía una sábana tranquila y profunda. Tomó el barandal con ambas manos y se quedó un minuto allí, escuchando el sonido del agua correr. Al siguiente minuto su cuerpo ya había atravesado el barandal, y sus pies jugaban en el borde del pequeño trozo de firmeza que le quedaba. Estaba pegada, su espalda y manos ofreciéndole estabilidad contra las tiras de madera. Miró el agua y sucedió: Su reflejo le devolvió la mirada. Allí y solo allí lograba verse entera, tal cual era. Dedicó unos breves instantes a repasar aquel lugar, a retenerlo entre los párpados y grabarlo en su mente. Lo conocía desde siempre, podía visualizar con los ojos cerrados la disposición de aquel espacio pero necesitaba una última vez sentirlo en la mirada. Volvió a mirarse en el reflejo y éste pareció apremiarla: No lo hizo esperar más.
Su cuerpo cayó y fue la imagen de una pared colapsando. En aquel pequeño vuelo de cara al agua creyó sentir como sus huesos se desataban entre sí. Su acuosa otra, su gemela que esperaba flotando abrió los ojos y los brazos como se abre el sol en el horizonte.
Entonces, la mágica transformación comenzó con un enredo de extremidades: de brazos y piernas envolviéndose en una danza burbujeante. Las piernas lentamente se volvieron escamas violáceas y los brazos se aquietaron en las cinturas. Los dos pares de ojos se encontraron a pocos centímetros bajo la superficie, uniéndose en un dulce instante de serenidad.
Ellas, finalmente encontradas, finalmente unidas, se lanzaron a nadar rápidamente dejando atrás las maderas del puente.